Condena por pintadas callejeras

Me ha llenado de esperanza y satisfacción la noticia de unos jóvenes que han sido condenados por hacer pintadas callejeras en Alcalá de Guadaíra (Sevilla). He de confesar que ante el vandalismo en el espacio público me muestro inflexible y exigente y, especialmente, me molesta la agresión visual y el daño estético que producen las pintadas. Es una vergüenza pasear por nuestras ciudades y encontrar fachadas, mobiliario urbano, puertas metálicas, garajes e incluso monumentos e iglesias con la marca indeleble del aerosol. Ya he escrito alguna vez que no estoy contra el grafiti, movimiento artístico y cultural urbano al que hay que buscar zonas para su desarrollo, detesto en cambio a los niñatos que siembran de garabatos innecesarios y absurdos edificios públicos y privados.

Pues bien, un juez de primera instancia obliga a los dos jóvenes autores de las pintadas como autores de una falta contra el patrimonio a abonar los gastos de limpieza de los inmuebles agredidos por vis incívica. Una sanción ejemplarizante que esperemos que sirva de escarmiento para los condenados y de aviso para sus colegas de trazo incontinente.

Para estos casos hace falta una justicia al estilo norteamericano de imponer castigos de contenido social y educativo de servicio a la comunidad. En Andalucía conocemos la trayectoria del juez Calatayud, quien entre otros muchos casos falló, por ejemplo, que un joven acompañara durante 100 horas a una patrulla de policía local por haber conducido temerariamente y sin permiso o a otro lo hizo trabajar con los bomberos por haber quemado papeleras.

Posiblemente, para los dos Picassos callejeros de Alcalá de Guadaíra hubiera sido un correctivo más severo dedicar ocho fines de semana a limpiar y pintar con sus propias manos las fachadas ensuciadas con sus pintarrajos que la multa por el daño causado. Pero por algo se empieza y esta sentencia abre una vía para que nuestras ciudades se libren de la lacra del aerosol.