La figura del maestro

Me agrada sobremanera la decisión del Gobierno andaluz de reforzar la figura del profesor. No con palabras vacías o compromisos de cara a la galería, sino con las garantías del desarrollo legislativo. La Consejería de Educación planea reformar los reglamentos de organización de los centros y elaborar una carta de derechos de los docentes. El principal fin que persigue esta oportuna iniciativa es realzar el reconocimiento público del maestro. Se articulan medidas imprescindibles para el buen funcionamiento del sistema educativo con objeto de robustecer la autoridad del profesorado. Por ejemplo, se considerará la agresión a un docente como atentado a un funcionario público y se concederá asistencia jurídica a los afectados. La Junta, usando la misma terminología de la consejera del ramo, Mar Moreno, “se moja” a favor de los maestros. Y lo hace con decisión y criterio.

Ya era hora de que se protegiera el magisterio ante una falta de consideración social cada vez más alarmante. Se ha vivido en España y en Andalucía los efectos de la ley del péndulo. En mis tiempos de escolar, últimos coletazos del franquismo, el maestro era un semidiós, un personaje severo y autoritario que causaba un miedo cerval al alumnado (había algunos especímenes con este ADN en los Salesianos) y que era venerado sin rechistar por los padres y madres, hiciera lo que hiciera. Mi padre me ponía el mismo castigo que me había impuesto el profesor.

En la actualidad, en muchas aulas y en muchas familias se toma al profesorado como el pito del sereno. Ni tanto ni tan calvo. El papel social del maestro requiere de un apoyo explícito e inequívoco del conjunto de la comunidad educativa y del calor cercano y cómplice de la Administración. No en vano es un elemento crucial para el desarrollo de los niños y las niñas a los que imparte clases. O lo que es lo mismo, para la construcción de una sociedad basada en el respeto, la convivencia, el progreso y el conocimiento.