Fiasco en Copenhague

Fiasco y frustración. Teníamos muchas esperanzas depositadas en la Cumbre sobre el Cambio Climático celebrada durante las dos últimas semanas en Copenhague y su resultado final no ha podido ser más decepcionante. Un acuerdo de mínimos muy mínimos entre Estados Unidos y China no justifica ni las expectativas generadas ni la necesidad acuciante de un planeta en peligro real. El cambio climático no es una quimera ni una especulación de científicos chiflados.

Sólo la Unión Europea iba en serio con una propuesta ambiciosa para reducir las emisiones de CO2, principal consecuencia del calentamiento global, y con dinero contante y sonante para ayudar a los países en vías de desarrollo a adaptar su modelo productivo. Todo lo demás ha sido una partida de póker con cartas marcadas y tahúres duchos en el arte del engaño. Se ha dado un paso atrás respecto a Kioto porque no se fijan ni siquiera objetivos concretos sobre la disminución de gases lanzados a la atmósfera. La conclusión final se resume en un ambiguo deseo de alcanzar un acuerdo sobre el volumen tolerable de gases emitidos y la contención del aumento de la temperatura media del planeta en dos grados, un umbral por encima del cual los daños podrían ser irreversibles.

La presencia de Barack Obama, convencido ambientalista, no ha servido para nada en esta ocasión. Se ha preferido desde la Casa Blanca un consenso amplio sobre unas bases muy modestas que un acuerdo de las principales potencias, salvo China e India, que tire del carro y arrastre a los demás por el camino de la preservación de nuestro ecosistema. Posiblemente, Estados Unidos haya antepuesto el pragmatismo al compromiso con el futuro de las generaciones venideras. El titular de El País en primera página es elocuente: EEUU impone al mundo su ley ante el cambio climático. Ante la desidia o el posibilismo de algunos mandatarios, al ciudadano se le queda cara de tonto. “Kioto era legalmente vinculante y a todo el mundo le pareció poco. Es importante avanzar en vez de tener palabras en un papel”, ha dicho Obama para justificar lo injustificable.

Las organizaciones ecologistas hablan sin tapujos de oportunidad perdida. Por ejemplo, Greenpeace condena enérgicamente en su página web “la arrogancia de los jefes de Estado de los países más poderosos del mundo” en una cumbre que “se cerraba de forma vergonzosa, incoherente y duramente disputada”. Para esta poderosa organización, el mundo se enfrenta a una “trágica crisis de liderazgo” y se dirige a un “caos climático”. Quizá tanto catastrofismo sea excesivo, pero no anda descaminada Greenpeace sobre los efectos del calentamiento global. Las Tuvalu se hunden… Y no son las únicas.