Guerra (justa) y paz

El discurso de Barack Obama en la recepción del Premio Nobel de la Paz y la versión periodística del mismo permiten establecer la fácil analogía con el título de una de las obras señeras de León Tolstoi. Un amigo más erudito, Rafael Rodríguez, ve una correspondencia de fondo con Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar, hasta el punto de que encuentra frases literales de las reflexiones del emperador romano en la alocución del presidente norteamericano en Oslo. En la novela histórica, Adriano (76-138 d.C.) hace un balance de todos sus logros como estadista, militar, estratega y gobernante para instruir a su sucesor Marco Aurelio (121-180 d.C.) sobre las formas del buen gobierno y el destino del imperio más grande de la antigüedad.

Más allá de paralelismos históricos o literarios, choca que la palabra guerra suene más veces en un acto consagrado al enaltecimiento de la paz. Obama hizo un discurso valiente, sin complejos, con dosis de pragmatismo y brillante desde el punto de vista de la oratoria. Es el nuevo Marco Aurelio que tiene que llevar al planeta a la distensión y la concordia manteniendo el estatus del imperio pero sin sojuzgar ni avasallar a los demás como su predecesor, George W. Bush.

En este marco del Nobel, hizo un alegato sobre la guerra justa y lo es si cumple ciertas condiciones: si es el último recurso o en defensa propia, si la fuerza usada es proporcional y si se libra a los civiles de la violencia. Obama dejó claro que “la creencia de que la paz es necesaria no es suficiente para lograrla” y puso un ejemplo clarificador para sustentar esas palabras tan rotundas: “Un movimiento no violento no hubiera parado a Hitler“. En este caso, el recurso de la guerra, en su opinión, no sólo está justificado sino que es necesario.

Disertó durante algo más de media hora con el objetivo de conjurar los nuevos peligros que nos acechan: el terrorismo islámico, la escalada nuclear y el abuso de los derechos humanos por los propios gobiernos. Su voz tenía la fuerza de un líder, sus palabras estaban cargadas de convicción, su idea del mundo y de la ética global ofrecían empaque.

En este contexto, y al calor del nuevo envió de tropas a Afganistán, ha vuelto a resurgir el debate sobre si es prematura o no la concesión de esta distinción al presidente americano. Posiblemente, el galardón llegue pronto, pero no cabe duda de que la entrada de Obama a la Casa Blanca ha frenado el clima belicista y la crispación internacional azuzados durante años por la Administración Bush y ha tenido gestos de indudable valor simbólico como el cierre de Guantánamo y la condena de la tortura. Sólo el tiempo dirá si este reconocimiento está totalmente justificado.