Camps se derrumba

Abro la edición digital de El País y me agrede un titular puesto en boca de Francisco Camps. Dice el muy honorable dignatario: por un lado, que Ricardo Costa, su ¿ex número dos?, siguió sus directrices y las de Mariano Rajoy y, por otra, que sus amiguitos de alma de la trama Gurtel se han convertido de la noche a la mañana en amigos de José Luis Rodríguez Zapatero. No sé si los efectos de alguna medicación para la ansiedad producen estos detritos intelectuales, estos desvaríos monumentales, esos planteamientos irracionales y paranoides.

En clave interna de su partido, el presidente valenciano está jugando con dos barajas. Intenta contentar a su dirección nacional y no maltratar del todo a un colaborador que puede tirar la manta y dejarlo con las posaderas al aire. Ya lo insinuó Ricardo Costa en su comparecencia previa a su sacrificio en varios tiempos. Sólo había ejecutado órdenes y mantuvo el chiringuito que se encontró al llegar a la secretaría general. Camps pone un día una vela a dios y al siguiente otra al diablo. Ora hace carantoñas con Rajoy, ora reconforta al megapijo del Infinity. Ora se muestra disciplinado con la calle Génova, ora hace de su capa un sayo.

Y en el desparrame de tinta calamar, tan característico en el PP, el presidente valenciano resulta patético y pueril. Es de aurora boreal querer desembarazarse ahora de su íntima relación con Francisco Correa y Álvaro Pérez El Bigotes, a los que según los pinchazos telefónicos quería “un huevo”, y afirmar con impudicia que son amigos de Zapatero. Más allá de la risa que produce estas aseveraciones de patio de comedia, merece la pena reparar en que Camps está noqueado, que se derrumba, que se tambalea por la magnitud de la presunta corrupción destapada, un tsunami que lo está arrastrando al sumidero. Anda el PP tan nervioso (uno que tengo en la bancada de enfrente en el Parlamento de Andalucía tiene los ojitos morados de tanto sufrir) que ha decidido abrir una causa general en la comunidad valenciana contra todos los partidos para intentar tapar las sospechas más que fundadas de su financiación ilegal, de acuerdo con la investigación policial.

El sainete del caso Gurtel en Valencia acumula capítulos, se produce nueva información con vértigo, se registra una saturación de datos y componendas. Hay tanto volumen de inputs que ya cuesta seguir la pista. Se precisa muy buena memoria o un esquema para entender la dimensión y las distintas ramificaciones del mayor caso de corrupción de las más de tres décadas de democracia en España.