Pieza amortizada

La guillotina está ya montada en la Plaza de la Reina de Valencia. Ya tiene fecha la ejecución de Ricardo Costa. El próximo martes rodará la cabeza  del secretario general del PP de esa comunidad autónoma por el escándalo Gurtel. Costa, el megapijo del Infinity y del reloj de acero de 25.000 euros regalados por los cabecillas de la trama, será la cabeza de turco que rodará por los suelos para intentar salvar la del presidente valenciano, Francisco Camps.

La dirección nacional ha forzado a Camps a señalar a un chivo expiatorio para calmar las ansias de una opinión pública que no entiende el inmovilismo del primer partido de la oposición ante el caso más grave de corrupción en España desde la instauración de la democracia. Hacen falta más gestos y más valentía para frenar la metástasis. ¿Cómo se explica que el número dos caminara solo cuando en el sumario y la investigación policial salen salpicados el propio presidente y tres cargos más de su círculo de confianza (el vicepresidente de su gobierno y el vicesecretario y la tesorera del partido)?

El sacrificio de Costa llega tarde. Se intenta poner un cortafuegos cuando el incendio presenta focos indomables por los cuatro costados (sede nacional, Madrid, Valencia, Castilla-León y Galicia) y ha saltado con mucho la línea de protección de la credibilidad del PP. Estamos ante una víctima propiciatoria que no le va a servir de nada a Mariano Rajoy ni a Camps para salvar la cara. El hermano del señalado, Juan Costa, ex ministro con Aznar y rival de Rajoy en el último congreso nacional, ya ha levantado la voz exigiendo igualdad de trato e insinuando que Ricardo, alias Ric para la red mafiosa, se relacionó con la trama Gurtel por órdenes superiores.

Este monumental escándalo está haciendo mella en el PP. Lo tiene contra las cuerdas y lo obliga a improvisar y a tomar decisiones de urgencia. Tiene un lío de grandes dimensiones ante la justicia y se le empieza a montar una importante crisis interna en Valencia por su doble vara de medir a sus cuadros implicados. En Madrid se expulsa a los imputados mientras que el líder mantiene al tesorero y senador, Luis Bárcenas, sin ninguna razón de peso; se carga las tintas contra Costa y se protege a Camps.

De pronto ha resucitado Eduardo Zaplana, encantado en su retiro dorado en Telefónica, al ver tambalear a su enemigo Camps. Al calor de la sangre, un tiburón como Zaplana se subido a la fiesta para ajustar cuentas a su rival interno. No es un sainete, es la radiografía de una organización que hace aguas y que puede ser expulsada del paraíso por su coqueteo con la corrupción y su presunta financiación ilegal, según se desprende de los informes policiales.