Sábados de boda

Por segundo sábado consecutivo, con una canícula impresionante incluso al lado del mar, me enfundo el traje y me ajusto la corbata para ir de boda. Hace siete días en Málaga en un cuidado acto civil, hoy en Puerto Real (Cádiz) con el tradicional rito católico. Liturgia itinerante, amistad inquebrantable. Aquél fue un enlace entrañable y jubiloso, donde mi amigo y confidente (entendido en las dos primeras acepciones del diccionario de la RAE) Rafael (Rodríguez) nos mostró, para sorpresa de muchos íntimos, su perfil más sentimental, se abrió rompiendo la norma como un nenúfar en el estanque de su nueva vida con Mabel (Mata). Éste de hoy también atesora vibraciones positivas, efervescencia y emoción a raudales. En apenas dos horas, mi hermano Paco (el único, inigualable e insuperable doctor Perujo) dará el sí a Raquel (Boy) en una ceremonia con mucho compás y aires flamencos. Como hace siete días, se me volverán a erizar los vellos al participar de la ilusión y el sentimiento que los conduce a compartir el futuro (ya con documentos). Momentos vibrantes y tiernos para uno que pasó una vez por el altar y que había dicho hasta la saciedad que de ese agua no bebería de nuevo. No soy un forofo, sino más bien un escéptico, de estas funciones y sus consecuencias. Pero hay caudales que no se detienen ante ningún obstáculo, ¿verdad, musa? La clave está en encontrar ese manantial fresco y cristalino que te empuje a echar raíces, a hacerte sedentario y abandonar la estepa. Todos andamos enrolados en esa búsqueda que trasciende los contratos civiles y las alianzas de oro: el amor es la fuerza más poderosa que nos mueve. Hoy, me siento como un afortunado zahorí que ha descubierto el acuífero de la felicidad, una corriente inagotable, dichosa y, sobre todo, regia.

Más allá del regalo material, mi sencillo y sincero homenaje y deseos de dicha prolongada en el tiempo para los cuatro contrayentes con una poesía prestada de Ángel González:

YA NADA ES AHORA

Largo es el arte; la vida en cambio corta
como un cuchillo
Pero nada ya ahora
-ni siquiera la muerte, por su parte
inmensa-

podrá evitarlo:
exento, libre,

como la niebla que al romper el día
los hondos valles del invierno exhalan,

creciente en un espacio sin fronteras,

ese amor ya sin mí te amará siempre.