Pandemia

La gripe porcina cabalga desbocada. Eso se deduce de un informe del Centro Europeo del Control de Enfermedades (ECDC), organismo con sede en Estocolmo que asesora a la Unión Europea ante el brote de esta enfermedad. Dice el instituto que, al menos, cuatro de cada diez europeos incubará el virus, eso sí en grado leve, y que su conversión en pandemia es inevitable.

Se observa en esta sociedad postmoderna una tendencia a vivir instalados en la psicosis, a la exageración de los nuevos enemigos que descubrimos, a la creación de temores que nos acogoten en nuestra situación de bienestar. Nos quieren meter el miedo en el cuerpo, como ocurrió con la gripe aviar o con las vacas locas, con la colaboración inestimable de los medios de comunicación en la generación de una enorme bola de nieve virtual. Cuando pasa la tempestad, todos concluimos que no era para tanto. Mientras tanto, todos sumidos en el terror y el sobresalto.

El azote de la gripe porcina se está notando en México, su lugar de origen, con un número de víctimas que fluctúa según las fuentes consultadas (la Organización Mundial de la Salud sólo cifra siete muertes), y no tanto por la virulencia del virus, sino por la ineficacia y falta de recursos del sistema público de salud. En este país se ha generado una situación de pánico e histeria por la desinformación y el ocultismo oficial de los primeros días. 

Con tratamiento terapéutico adecuado, esta patología se cura como la gripe común y sólo tiene una mayor incidencia en los mayores y en los enfermos crónicos. Nada nuevo. Los expertos así lo atestiguan: “Se trata de un virus de la gripe y, por lo tanto, es fácil de coger”, concluye Angus Nicoll, responsable del programa del ECDC. Entonces, ¿por qué se crea tanta alarma infundada? Es exigible a las autoridades cautela y prudencia, no tremendismo. Los ministros de Sanidad de la Unión Europea han actuado con calma y han descartado suspender los viajes a México. Sostienen que no hay motivos para el pánico. No deja de ser una enfermedad común y curable. 

Y muchos menos motivos existen para este coyuntural y desmedido espanto cuando miles de personas mueren en el mundo cada semana sin que nadie haga nada para evitarlo, y no precisamente pierden la vida por una enfermedad, sino de hambre.

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