Ojos cerrados

Vivimos en el mundo de la opulencia. Hemos tenido la suerte de nacer en el lado bueno, cálido y cómodo del planeta, el primer mundo, un mundo egocéntrico, consumista y caprichoso. Vemos la realidad a través del cristal empañado y deforme de los medios de comunicación. Lo que no aparece en las noticias, no existe. Ahora estamos escandalizados por la masacre de Gaza. Es una zona tan importante en el equilibrio geoestratégico internacional que todos los ojos están puestos allí. Por eso conocemos la injusticia, el abuso y el exterminio que descaradamente está practicando Israel contra el pueblo palestino. Pero hay muchos conflictos olvidados en este globo que habitamos. Hoy lo recuerda El País, en su edición digital (léelo), con un reportaje que nos debería sacar los colores. O como se dice por Andalucía: poner la cara colorá como un tomate. Los enumero aquí para no olvidarlos más: Somalia, República Democrática del Congo, Myanmar, Zimbabue, Etiopía, Pakistán, Sudán e Irak. Y otros fenómenos que traspasan las fronteras políticas, a saber, la desnutrición (afecta a 963 millones de personas, un 15% de la población) y el binomio tuberculosis-sida (mueren dos millones al año). Frente a este escenario desolador, nosotros mirando hacia otro lado, cerrando los ojos preocupados por nuestros pequeños inconvenientes, dando la espalda a problemas como catedrales. En los últimos días, dos amigos (Juan Ayllón y Rocío, la exiliada en Lisboa) me han comentado estos focos lacerantemente borrados del imaginario colectivo. Hoy me los he encontrado en este periódico y no me he podido resistir a escribir sobre la cruda situación que sufren millones de personas. Nuestra ceguera egoísta no puede continuar durante más tiempo alimentada por la riqueza y la abundancia. Nos toca hacer una, aunque sea pequeña, reflexión autocrítica.