Barroso y su ‘candelabro’

El alcalde de Puerto Real, José Antonio Barroso (IU), es un personaje excesivo, estridente y lenguaraz. Sufre mucho cuando pasa desapercibido, no soporta quedarse fuera del centro del escenario, le incomoda la falta de protagonismo. Precisa el calor de los focos, la presión de las cámaras y los micros, ocupar tiempo y espacio en los medios de comunicación. Es de esa clase de políticos que necesitan estar siempre en el candelero (o en el candelabro, como decía aquélla). Y no le importa el camino para llegar a su particular estrellato, derrota contra todo lo que se mueve, dispara contra tirios y troyanos y lo hace con munición gruesa. Barroso se caracteriza por su discurso de la Guerra Fría, sigue anclado en el Pleistoceno, se aferra a una forma de ver el mundo pasada de moda, añeja o rancia.

Esta vez se ha metido en un callejón de difícil salida. El juez Fernando Grande-Marlaska mantiene abierto el proceso judicial contra el ínclito alcalde por un delito de injurias graves contra la Corona después de que esta mañana haya prestado declaración en la Audiencia Nacional. El regidor ha llamado a Juan Carlos I “crápula” e “hijo de corrupto”. Por si no fuera suficiente, tras comparecer ante el magistrado se ha adornado con unas cuantas lindezas más:”los fondos reservados financian los escarceos amorosos del monarca”; “el Rey tiene que explicar por qué tiene la cuarta fortuna de España”, “tiene que dar explicaciones sobre su verdadera implicación en el golpe de estado del 23-F”… La serie sería interminable. La Justicia es imprevisible, aunque parece evidente que a Barroso no le va a salir gratis sus tradicionales bravuconadas, sus típicas declaraciones altaneras, sus manifestaciones procaces de cara a la galería. Por si fuera, se ha presentado en las escalerillas de la Audiencia Nacional con el circo de la cabra y asumiendo un increíble papel de víctima.

Se puede defender la República de una manera más cívica y más educada. Con menos exabruptos ganaría más adeptos para la causa. El derecho a la libertad de expresión no ampara el insulto, la imputación de delitos o la falta de respeto a las instituciones respaldadas por la Constitución. Y que conste en acta que el que suscribe no es monárquico… Pero las cosas hay que hacerlas bien, sin atajos y con métodos democráticos. No son tiempos ya ni de mesías ni de iluminados.