Sin guardar la ropa

 

Cuando una oportunidad toca a tu puerta, no puedes dejarla pasar. Sea fruto del azar, del esfuerzo o de las circunstancias. La vida sin riesgo es monotonía, rutina, abatimiento. Nadando y guardando la ropa no se pasa de la orilla de lo cotidiano, no se franquea el umbral de la cobardía, no se sortea el dintel de lo previsible. Quedarse cruzado de brazos te genera una apariencia de estabilidad, una mal entendida comodidad, una ilusión domeñada por los grilletes de timidez y el apocamiento. Por eso, me llena de satisfacción cuando veo a personas de mi círculo más íntimo que cogen el toro por los cuernos, que actúan con arrojo, que se desenvuelven con espontaniedad, que lo dejan todo por buscar ese tesoro que aguarda escondido, que apuestan con firmeza en pos de aquello en lo que creen, que están dispuestas a jugárselo todo a sabiendas que no tienen garantizado el éxito. Me emociona esa audacia, ese coraje, una actitud vital que evidencia que corre sangre por nuestras venas y no horchata. Me emociona porque es la norma, la exigencia que me aplico a mí mismo. Quien no se atreve, pierde de antemano.