La finta de Arenas

No eres oro todo lo que reluce. Javier Arenas ha filtrado su negativa a aceptar la propuesta de Mariano Rajoy a ocupar la secretaría general del Partido Popular a partir del inminente congreso de junio. Constituye un movimiento sibilino con un mensaje cifrado en clave interna. Su argumento grandilocuente y solemne (mi obligación está en Andalucía) tiene gato encerrado. No quiere poner más carne en el asador a sabiendas de que su actual referente nacional tiene fecha de caducidad. Rajoy saldrá del cónclave de Valencia con el estigma de la interinidad, con la certeza de que en 2011, en vísperas de los comicios generales, no recibirá el mandato de su partido para ser cartel electoral. Y eso si sobrevive a la carrera de obstáculos que tiene por delante hasta entonces: elecciones vascas, gallegas, europeas, catalanas y municipales.

Arenas no quiere unir su futuro a Rajoy más allá del apoyo para esta coyuntura congresual. La presumible caída de éste, más pronto que tarde, lo arrastraría también al ostracismo. No le conviene hacer más ostentación de su sintonía con alguien que en las propias filas del PP se le considera ya un cadáver político. Si se enroca en Andalucía, puede salvar el pellejo. Con esta finta, Arenas se blinda en su cantón y no asume más riesgos en el futuro inmediato.

Si se fuera a Madrid, tendría que dejar al presidencia regional y mover el banquillo. Esta última hipótesis podría descomponer el juego de equilibrios que mantiene en la comunidad andaluza y activar voces críticas que aguardan agazapadas al momento oportuno. Sería un camino sin retorno: en esta ocasión no tendría reserva de puesto, se le acabaría este chollo con ribetes vitalicios del que disfruta desde 1993. Arenas acumula tres derrotas en Andalucía en duelo directo con Chaves (1994, 1996 y 2008) y otras dos más como factótum del PP andaluz (2000 y 2004). Su margen de maniobra es ya reducido, no puede malgastar su último cartucho.

Arenas se aburre con la política andaluza, pero hoy por hoy es el terreno más confortable para él. Político habilidoso y escurridizo, no tendría ningún reparo en irse a la capital a mover los hilos de su partido desde la calle Génova si tuviera la seguridad de que el liderazgo de Rajoy es sólido y resistente a todos los embates hasta el 2012. No le importaría tragarse sus palabras, desdecirse y justificar su sacrificio por su organización. Como no tiene garantías de éxito, cucamente, ladinamente, se ha desmarcado de un Rajoy tambaleante y amortizado. No quiere que le corten también la cabeza.

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