Medios que hacen política

Hace más de dos años escribía un artículo para la revista Ámbitos de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla con el título de ‘Los medios toman partido‘ en el que mostraba la preocupación por el alineamiento de determinadas empresas periodísticas con organizaciones políticas. Esta deriva en el quehacer profesional ha experimentado una significativa evolución, especialmente después de las elecciones de 9 de marzo. Algunos insignes periodistas ya no sólo conciertan su actividad con determinadas fuentes, sino que quieren imponer desde su trinchera mediática su forma de enterder la vida y la política.

El medio ya no media entre las fuentes y la opinión pública. ¿Dónde han quedado las enseñanzas del maestro Lorenzo Gomis? No se resigna a ser un simple y privilegiado hermeneuta de la realidad, a contar e interpretar los acontecimientos para su audiencia. Estos iluminados periodistas, plumillas ilustrados con ínfulas de demiurgos, han dado una vuelta de tuerca más corrompiendo una profesión (¿y una vocación?) que no atraviesa sus mejores momentos. El medio se ha convertido en un actor político más que diseña estrategias, que marca tiempos, que impone líneas de actuación. Ya no informa, fabrica una actualidad a su medida para conseguir unos objetivos concretos.

El caso más palmario y reciente es cómo determinados soportes periodísticos están contando y montando la crisis del Partido Popular, aunque más ejemplos de los últimos quince años hay en hemerotecas y archivos. La brunete mediática, con El Mundo y la Cope como estandartes, está organizando a la disidencia contra el presidente nacional, Mariano Rajoy, abre frentes de batalla, mueve peones en el tablero de juego, desestabiliza sus estructuras, bombardea sus futuras líneas de discurso… Quieren perfilar a un PP a la imagen y semejanza de sus intereses. No se limitan a informar sobre lo que acontece en el interior de esta formación política. Van mucho más allá: están orquestando una maniobra de acoso y derribo para que el PP no se centre y mantenga una línea de oposición crispada y frentista.

Esta forma fraudulenta de entender y ejercer el periodismo no es nueva. William Randolph Hearst, uno de los padres del amarillismo, ya utilizó las páginas de The New York Journal para alimentar la escalada de tensión entre España y Estados Unidos que condujo a la guerra y posterior independencia de Cuba en 1898. Hearst manipuló a su antojo a la opinión pública norteamerica hasta culpar al Gobierno español de la explosión del Maine en la bahía de La Habana, detonante del conflicto militar entre ambos países. Posteriormente, se ha demostrado que todo fue un accidente por el mal estado de las calderas del buque. Sus mentiras y exageraciones le permitió vender muchos periódicos.

Al igual que Hearst, hay periodistas en España que no les interesa la información veraz. Están más preocupados en demostrar su capacidad de influencia, en condicionar a los poderes públicos y en su afán de lucro. El periodismo sólo ha de contar lo que ocurre y no interferir, ni subvertir, ni inventar la realidad. ¡Qué lejos quedan para algunos las tres tradicionales funciones del periodismo (informar, formar y entretener)!

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