Una casta

Unas palabras de Seymour Hersh, periodista a la vieja usanza y Premio Pulitzer en 1970 por destapar la masacre de My Lai en Vietnam, me llevan a una reflexión pesimista y negativa sobre la profesión. Dice Hersh, cuyas informaciones han puesto al descubierto las torturas de Abu Ghraib y los planes de Bush de atacar a Irán, en El País: “No entienden nada: hace 50 años eran de clase trabajadora, no iban a la universidad, sabían lo que le pasaba a la gente; ahora están muy bien pagados, viven en otro mundo; ser periodista hoy es una profesión elitista”.

Este veterano reportero pone el dedo en la llaga, en uno de los males que ahogan el ejercicio del periodismo. Con la salvedad de que en España el profesional de los medios de comunicación no está bien pagado, salvo ilustres excepciones, le asiste toda la razón en detestar el elitismo que corroe los cimientos de este edificio. Los periodistas se creen (perdonad que use la tercera persona, me estoy borrando poco a poco del gremio) más que nadie, una especie de casta superior que construye la realidad social desde su elevada atalaya.

Toda generalización acarrea alguna injusticia. No todos son iguales, menos mal. Los periodistas ven el mundo desde una óptica arrogante, interaccionan en un hábitat particular y endogámico, sus preocupaciones están a años luz de los intereses de la inmensa mayoría de la audiencia. Los gurús de la información forman parte de un clan donde la altanería, el engreimiento y la inmodestia son comunes monedas de cambio. Sobra superioridad y falta vocación (también ocurre en los seminarios) y humildad.

No quiero parecer ni tremendista ni resentido. Durante años me ha apasionado la profesión, el relato de la actualidad. Supongo que aún quedan esperanzas de salvar a esta especie en peligro de extinción. El aburguesamiento del periodismo tiene antídoto. No será una tarea fácil. No hay que perder del todo la fe.

Poema con B.S.O.

Sin coraje

Me despido antes de conocerte,

no me atrevo a penetrar en ese mundo,

cálido y sugerente,

pero misterioso,

no quiero profanar lo que pudo ser

y no será,

me refugio en la cobardía,

fría e insulsa,

pero indolora,

espanto un sentimiento que me invade

y no quiero que me domeñe.

Un paso atrás

no es una derrota,

más bien una coraza

contra el sufrimiento.

Huyo como el gato escaldado,

aterrado y descompuesto,

pero sin tormento.

Y sin coraje.

MAV