El cuento de la lechera

Me he acordado del cuento de la lechera leyendo una entrevista de la Agencia Efe a Javier Arenas publicada por varios diarios en su edición del domingo. En síntesis, el líder de la derecha se siente ya presidente de la Junta y tiene decididos los pasos a dar al día siguiente de las elecciones autonómicas. ¡Son ilusiones, que más me da, son ilusiones, así nací, son ilusiones! (Lo podéis cantar al ritmo de Los Chichos).

Pues eso, iba Arenas camino del 9-M, con una urna sobre la cabeza, enfrascado en sus pensamientos y en su imaginación rondaban imágenes optimistas sobre su futuro: “Con la buena campaña que estoy haciendo, abarrotaré los mítines, movilizaré a mi electorado y una mayoría me dará su confianza, me votará a mí y no a Manolo. Desde Almería ganaré las elecciones”. En ésas estaba, cuando el sonido de la realidad lo sacó de su ensimismaniento…

En la entrevista, Arenas anuncia, en un alarde de euforia, que tiene ya elaboradas las líneas del discurso de investidura como presidente, que tiene el perfil de su gobierno, en el que incluirá a personas del sector privado, y que ya ha pensado qué asuntos afrontará en sus primeros días de gobierno. Y se le cayó el cántaro, aunque él se resista a admitirlo.

Arenas, visionario hasta la desmesura, vende la piel del oso antes de cazarlo. Al día de hoy, no se conoce ninguna encuesta que dé al PP como ganador de las elecciones en Andalucía. Habría que entender su mensaje triunfalista como una arenga a su tropa, como un estímulo para evitar la depresión ante su tercer batazazo o como el canto del cisne del eterno aspirante.

Ese discurso encierra, también y sobre todo, la ambición de llegar al poder. Arenas ha reconocido que tiene hambre de gobierno. Ese apetito voraz ha quedado reflejado en los medios de comunicación (basta con tirar de hemeroteca). Y cuando uno tiene ansiedad, es capaz de todo.

En esta larga campaña electoral ha vuelto a sobrevolar el fantasma de la pinza, la alianza antinatura que hicieron PP e IU entre 1994 y 1996 para obstruir desde el Parlamento la labor del Gobierno de la Junta. Arenas sabe que su única opción es la coyunda con Izquierda Unida. Y tiene un potencial aliado, Sánchez Gordillo, político de izquierdas que prefiere pactar con la derecha. Valderas pinta poco, como se ha demostrado con su exilio forzoso a Huelva.

Como el cántaro no tiene leche, Arenas hará lo posible (y lo imposible) por hacer realidad su anhelo. La resurrección de la pinza es un riesgo real. Quien avisa no es traidor.