A la Iglesia le falta autocrítica

enero 29, 2011

Nos cuesta demasiado la autocrítica. Buscamos siempre un culpable o una excusa fútil para no asumir nuestra responsabilidad, una reacción lógica de la naturaleza humana por mucha sotana, bonete o púrpura con la que nos adornemos. La Iglesia católica pierde cada día más afectos, se lo gana a pulso por su inmovilismo e incapacidad para hacer un humilde ejercicio de contrición, asumir su penitencia y rectificar de postulados infumables en los tiempos que corren. Se desangra sin que sus teóricamente lúcidos popes sean capaces de practicar un torniquete de urgencia ante esa pérdida de feligresía. Es tanta la soberbia y la prepotencia que se encastillan en sus posiciones obsoletas, se parapetan en explicaciones absurdas, se enrocan en digresiones chuscas.

En este mapa general de la Iglesia de Roma, el caso español adquiere ribetes esperpénticos. En el año 2010, las bodas civiles casi han duplicado a las religiosas: 49.000 frente a 26.000. La Conferencia Episcopal, en lugar de analizar las razones que sustentan ese vuelco en el comportamiento de la sociedad española, se ha tirado por los cerros de Úbeda, con justificaciones peregrinas y, si me apuran, insultantes contra aquellos que han optado por los juzgados o los ayuntamientos para contraer matrimonio. El portavoz de la cúpula eclesial, monseñor Martínez Camino, equipara el compromiso que acarrea la unión civil con un contrato de telefonía móvil. Sus coléricas palabras no admiten ninguna duda:

El matrimonio religioso es uno y para toda la vida, y además es el formado por un hombre y una mujer, y no por otro tipo de uniones. En cambio, el matrimonio civil se puede repetir hasta cuatro veces al año. [...] Cada tres meses ese contrato se puede disolver de manera unilateral sin aducir razón alguna. El matrimonio civil es un contrato más leve que el hecho de contratar un servicio de telefonía móvil, que a uno le resulta mucho más difícil de rescindir“. (Corte de audio de la Cadena Ser)

Además de esta ristra de sandeces, el prelado apuntó al causante de esta pandemia que azota a la Iglesia. Y cómo no, su dedo acusador ha señalado al Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, instigador de “políticas hostiles contra la familia y la vida“. Ya tenemos la coartada perfecta para endosar el fracaso a un tercero que pasaba por allí. No me imaginaba al presidente conspirando desde la Moncloa que la gente no pase por la vicaría. Dice el refranero: errar es humano, pero echarle la culpa al otro es más humano todavía. Por muy divino o aspirante a la gloria que sea el que cometa el yerro.

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