Es poco elegante que alguien venga a tu casa a poner pegas o proferir críticas desaforadas. Benedicto XVI parece que no entiende ni de cortesía ni de la obligada diplomacia que ha de acompañar a un jefe de Estado en sus manifestaciones. Llega el sumo pontífice a España y, a las primeras de cambio, nos mete el dedo en el ojo con sus andanadas al “laicismo agresivo” de la sociedad española.

Clama al cielo (si me permiten esta expresión) oír estas palabras a un representante de una institución que hizo cruzadas, que declaró guerras, que persiguió y aniquiló herejes, que fundó la Inquisición como sanguinario aparato coercitivo de la libertad de pensamiento y creencias o que dio cobertura al golpe militar de 1936 y la posterior represión franquista. Y por no irnos tan lejos en el tiempo, un pastor que lidera un gran rebaño que alberga grupos sectarios, como el Opus Dei, los Legionarios de Cristo y los Kikos, que blanden su doctrina contra principios democráticos y constitucionales.

Los árboles de su moral les impiden ver el bosque de la razón. La censura a la evolución (natural y cívica) de este país hacia un modelo aconfesional no entra en la sesera de los popes vaticanos. Se resisten a la consolidación de la separación de los asuntos de un Estado y de la Iglesia, como es propio de las sociedades modernas. Las nostalgias de Benedicto, este ilustre invitado faltón, nos retrotraen a la Edad Media.

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