Sánchez Dragó
octubre 29, 2010
No quiero pasar ni por moralista ni por pacato. Mi filosofía de vida se encuentra muy cercana al amor libre del movimiento hippy y muy distante de las rigideces de las doctrinas religiosas. Ahora bien, produce indignación y estupor observar cómo la derecha sale en tromba en defensa de un personaje con tantas aristas y tan abrupto como Fernando Sánchez Dragó tras confesar haber mantenido relaciones sexuales con niñas japonesas de 13 años en 1967 en su última novela. Los de misa y confesión diarias, los que se autolesionan con el cilicio, se muestran ahora liberales y permisivos y blanden argumentos peregrinos para salvar la cara a un impresentable.
El Mundo, uno de los órganos de expresión de la derecha patria, se convierte en parapeto de este tipo disoluto y soberbio. Saca a relucir que el Código Penal fija en los 13 años la edad para mantener relaciones sexuales con consentimiento. Este diario, siempre adaptando la horma a su zapato, olvida el hecho de que el escritor calzaba ya 31 octubres en esos momentos, una mayoría de edad que cuando menos supone un abuso de posición en términos éticos. No soy jurista pero, desde el punto de vista legal, podríamos estar ante un posible caso de estupro: coito con persona mayor de 12 años y menor de 18, prevaliéndose de superioridad, originada por cualquier relación o situación. Éstos que ponían el grito en el cielo porque las niñas puedan abortar desde los 16 años se muestran hoy condescendientes con las relaciones íntimas de adultos con menores. De esos polvos luego vienen esos lodos embarazosos e indeseados.
Pedro J. Ramírez dictamina que no ha cometido ningún delito, que la izquierda delira con una nueva campaña inquisitorial (sic). Esperanza Aguirre, quien le da a Sánchez Dragó una suculenta soldada en Telemadrid, se refugia en la excusa de las fabulaciones literarias. No tienen que tener las cosas muy claras porque rápidamente acuden a la coartada de los hechos prescritos, de un episodio acaecido hace 43 años y sin mayor importancia. Como dice Wyoming, lo que no prescribe nunca es la desvergüenza.
PD.- Menos mal que las librerías están empezando a retirar la obra de marras de sus expositores.

