No constituye ninguna novedad reparar en el distinto rasero que aplica la derecha: para los suyos paños calientes y para los adversarios la máxima severidad. Llama poderosamente la atención la celeridad de Mariano Rajoy en pedir la dimisión del ciudadano Gaspar Zarrías, a la sazón secretario de Estado de Política Territorial y secretario de Política Autonómica del PSOE, por asistir al acto celebrado en la Complutense de apoyo a Baltasar Garzón cuando no se ha atrevido a expulsar del partido y a exigir el acta de senador a Luis Bárcenas, ex poderoso tesorero, por su implicación en el caso Gurtel, el asunto de corrupción más grave de la historia de nuestra democracia.

Rajoy usa un baremo muy particular en las exigencias de responsabilidades políticas. Se muestra excesivo e inclemente como un ángel exterminador con los supuestos herejes de otras siglas y pusilánime y timorato con las ovejas (o mejor, gaviotas) descarriadas de su propia carne ideológica. Para sus cosas internas parece no tener carácter, aunque a buen seguro se trata de falta de autoridad. Quien no es líder no puede tomar decisiones. Se ve en cada asunto controvertido en sus filas que carece de la capacidad y la firmeza exigibles a un político con valía.

La elevación de decibelios del líder de la oposición choca especialmente cuando dirigentes del PP llevan días poniendo en cuestión la investigación judicial y los trabajos policiales sobre el caso Gurtel. La movilización contra el procesamiento de Garzón se traduce en una coacción antidemocrática al Supremo y las andanadas de la derecha contra magistrados y fuerzas de seguridad del Estado que han desenmascarado a la trama corrupta de Correa y sus secuaces no es más que el democrático ejercicio de la libertad de expresión. ¿Tiene el PP y sus palmeros dos varas de medir? Me ahorro una respuesta que es de cajón.

Por último, cualquier ciudadano está en su derecho de discrepar de determinadas decisiones judiciales. Y Zarrías no sólo posee todas las prerrogativas que le concede la Constitución española, sino que como familiar directo de víctimas de la opresión franquista (un abuelo fusilado y su padre y su otro abuelo encarcelados durante más de diez años) tiene una especial sensibilidad hacia las causas que instruye Garzón. La posición de Zarrías es de justicia y una obligación moral hacia sus ascendientes porque los falangistas van a sentar a un juez en el banquillo por intentar recuperar la memoria de las víctimas de la dictadura.

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