No me soporta

octubre 9, 2009

2009071127arenas-300Es difícil caer bien a todo el mundo. Todos acumulamos en el transcurrir del tiempo algunos enemigos. Es ley de vida. Las vivencias sedimentan amistades profundas y sólo unas pocas, por suerte en mi caso, intensas enemistades. Siempre hay alguien al que provocamos antipatía o aversión por nuestra forma de ser, por nuestras ideas, por nuestros modos, por circunstancias irracionales, simplemente porque sí… Son gajes de oficio que hay que aceptar sin más.

Javier Arenas no me soporta. Se le nota demasiado. Estamos sentados frente por frente en el Parlamento y, en el tradicional cruce dialéctico entre las bancadas rivales, se revuelve siempre contra el que suscribe. No lo puede evitar, es una reacción espontánea y sinceramente adversa contra mi persona. Uno no es una hermanita de la Caridad, que quede claro, soy bastante bravo y belicoso, pero el jefe de la oposición tampoco no se anda con chiquitas, no se corta en sus arremetidas. Se muestra muy picajoso, se revuelve como animal herido, hace gala de una visceralidad sin límites y carece de la contención deseable en un aspirante a gobernar Andalucía (o quizá porque en su fuero interno sabe que no va a ganar nunca aquí, se comporta con tanta displicencia y altanería).

En las dos últimas sesiones plenarias ha pasado de la gracieta o del recurso dialéctico ingenioso a la invectiva o el ataque personal. Hace quince días vomitó con tono de asco: “Éste es tonto”. Ayer, ya a micrófono abierto durante su turno en las preguntas al presidente de la Junta, descerrajó otra lindeza cargada de odio: “Es un pobre hombre”. No sé si actúa así por agotamiento, por el nerviosismo que anida en su partido con el escándalo Gurtel o porque le molesta sobremanera que un diputado raso le dirija la palabra, se mida con él de tú a tú. Al señorito (la famosa foto del limpiabotas lo retrata) no se le puede ni toser.

Cuentan algunas personas de su entorno que no aguanta bien que las respuestas a muchas de sus declaraciones salgan de mi boca y no de la de  los primeros espadas de mi partido. Se lo comen los demonios por esta afrenta, por esta irreverencia, por esta osadía. Tiene una concepción piramidal de la política: de niveles, escalafones o estamentos. Será una cuestión de jerarquía o de clasismo. El mariscal no se puede medir con un modesto cabo sin galones ni referencias. ¡Hasta ahí podíamos llegar!

Y para rematar la faena, me amenaza con una querella por pedirle explicaciones sobre la trama Gurtel, un ardid de este prestidigitador de la política que ni me asusta ni me quita el sueño. Tengo la espalda ancha. En fin, quien se pica, ajos come…

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