Ella

septiembre 24, 2008

Siempre está allí. Cuando salgo a correr me la encuentro en un punto intermedio de mi habitual recorrido de 12 kilómetros, en el Paseo Juan Carlos I, en los bajos de la calle Torneo junto a la ribera del Guadalquivir. Allí me aguarda ella con su mirada azul cielo, ingenua, penetrante, escrutadora; con sus labios carnosos, de ambrosía, perfectamente delineados; con su nariz perfecta, de estatua clásica; con su piel de seda, tersa, nívea… Simplemente bella, el arquetipo ideal, al menos para el que suscribe. Es la mujer que mi madre querría para mí, con otros atributos, más allá del físico, que siempre son bien ponderados para una persona de esa generación. Tiene un solo defecto: es un graffiti. ¿Se podría corporeizar? Esta situación me recuerda una película infame, de serie b, cuyos protagonistas crean en el ordenador una mujer diez, espectacular y no sólo en cuanto a la apariencia. O también me viene a la memoria la canción de Serrat en la que un hombre, asqueado de sus fracasos sentimentales (“que me dieron de frente y perfil, que se comieron mi naranja a gajos, que arrancaron mi ilusión de cuajo…”), se enomora de un maniquí. Excusatio non petita: es una pura licencia literaria. No he perdido la cabeza. Me gustan las de carne y hueso. Seguiré corriendo y estará allí, hasta que un cafre la destroce con el aerosol.

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 2.921 seguidores