Cuenta atrás
Febrero 22, 2008
Se acaba de dar el pistolezo de salia a la campaña electoral, quince días de expectación, compromiso, contacto con la ciudadanía y peonadas a destajo. Para un buen demócrata una campaña representa un momento de satisfacción, de regocijo, de júbilo. Celebramos la fiesta de la democracia.
Esquemáticamente, sin ánimo de caer un reduccionismo falaz, se miden dos formas de entender la gestión de lo público. Una que defiende el valor de la política como palanca de transformación social, que piensa en el beneficio del conjunto de la ciudadanía, sin dejar a nadie atrás, que se contruye sobre los pilares de la igualdad y la justicia social, que postula en el progreso de Andalucía y de España.
Enfrente, otra opción que antepone el mercado al bienestar general, que trabaja por los privilegios de unos pocos, los de siempre, que deja en la cuneta a todo aquel que no pueda tirar de visa, que antepone el índice Dow Jones al incremento de las pensiones o el salario mínimo, que supone un retroceso, un paso atrás para nuestra comunidad y nuestro país.
O mucho cambia el PP o sufriremos una campaña de profecías del fin del mundo, una estrategia basada en el alarmismo, el caos y el apocalipsis. Como videntes no tienen futuro, como consultores se verían abocados al paro, como políticos están condenados a la oposición. Se han pasado cuatro años pregonando falsas calamidades, metiendo miedo a la gente, obstruyendo todo lo que significaba futuro, con la mentira como estandarte de su estrategia, con una actitud indecente en los grandes temas de Estado. El PP se ha inclinado tanto a la derecha que ya no se acuerda ni dónde está el centro.
Hay argumentos de sobra para votar socialista con todas nuestras fuerzas. Así, Andalucía suma y sigue. Y España también. No cabe la indecisión, la duda o la pereza: no ir a votar el 9 de marzo es colaborar con la derecha. Nos jugamos mucho. Nuestras conquistas no están garantizadas.

